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París.

Dicen las malas lenguas, que era una joven alocada, que vivía en un céntrico ático del barrio Latino de París.
Unos cuentan, que desde que llegó a la ciudad desde la campiña Bretona, el barrio tomó luz y vida. Siempre sonreía, y allá por donde pasaba, dejaba rastro de simpatía.

Acostumbraba madrugar para pasear por las calles empedradas del barrio, cuando aún se olia la noche.

Gustaba boderar las orillas del Sena, y su presencia abría la bruma matutina.

Imagen de Please Don’t sell My Artwork AS IS en Pixabay

Solía ir a comprar el pan y unas pastas a la Patisserie Chinoise.

Esta panadería, era reconocida como el santuario de la reposteria y del chocolate .

Pequeñas pastas de trufa y anis, hechas a mano por dedos delicados y finos como las de sus propietarios, una familia china originaria de Macao que llegaron a París tras la segunda guerra mundial como sirvientes de un acaudalado terrateniente francés que tenía sus mansiones y negocios en Oriente.

Al tiempo este hombre se arruinó, y la familia en cuestión, montó su propio negocio.

Amin, así se llamaba la joven, solía comprar una caja de pastas cada día.
Para continuar su rutina, se acercaba al mercado de Monge , un mercado modesto pero lleno de vida. Sus gentes parecían sacadas de época, como si el tiempo se hubiese detenido 100 años atrás.

Amin acostumbraba a comprar en casi todos los comercios. Fruta, verdura, pescados, conservas….y flores.

En cada uno de ellos, dejaba una pasta de trufa, para «endulzar» el día según decía ella.

Allá por donde iba, dejaba su impronta….y su perfume. Un perfume suave, delicado, exquisito. No era permanente ni embriagante, simplemente, aromatizaba por instantes a cualquiera que la encontrará a su paso, cambiándoles el estado de ánimo.

Vecinos que la conocieron, comentaban que supuraba alegría, y que por ello era amada y odiada.

El ático donde residía era herencia de sus difuntos padres, dónde se trasladó nada más cumplir la mayoría de edad para estudiar Filosofía en la Sorbona.

Amante de anticuarios y pequeñas librerías de segunda mano, compraba todo tipo de libros y cachivaches exóticos.

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Cuentan los vecinos, que en su ático siempre se oía música. Por las mañanas de Chopin a Ravel. Por las tardes de Gardel a Moustaki.

Las noches, silencio.

Su cuerpo desprendía un aura mágica y pocas personas llegaron a tener la fortuna de tener contacto físico con ella. La piel irradiaba luz a pesar de la tez morena y  el tacto era tan delicado, que un roce suyo duraba dias.

El ático era un espacio lleno de estanterías con libros caóticos por doquier, el suelo de madera de roble, techos abuhardillados y sin paredes intermedias.

La luz entraba por un gran ventanal que daba a una pequeña terraza desde donde se podían divisar los tejados de toda París.

La cocina office  se ofrecía frente a un gran salón-comedor lleno de pufs y toda la decoración era una mezcolanza oriental y magrebí.

Y flores…, muchas flores.

Algunos pensaban que el perfume que ella desprendía, era fruto del marjal de flores que atesoraba en su casa.

Pocas personas tuvieron el honor y placer de visitar aquel paraíso. Pero quiénes tuvieron la suerte,  jamás volvieron a ser las mismas. De hecho al poco tiempo, desaparecían misteriosamente.

Aquello, al tiempo generó inquietud en el vecindario, elucubrando sobre la joven como si de una asesina psicópata se tratara. Los rumores  en poco tiempo llegaron a las autoridades, que decidieron abrir una investigación secreta para saber más de ella y su posible relación con las desapariciones.

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Para cuando quiso darse cuenta Amin, muchos vecinos evitaban cruzarse con ella y en el mercado rehusaban sus pastas.

Entonces ocurrió algo determinante.

Cuando supo de los rumores, se presentó en la comisaría del barrio, ante la sorpresa de los agentes y del inspector que llevaba el caso.

El inspector la hizo pasar a su despacho, y allí estuvieron toda una mañana encerrados. Finalmente, salieron y Amin se despidió del inspector con un «hasta luego«, marchándose con paso firme y desenfadado.

El inspector la siguió con la mirada hasta desaparecer de la comisaría. Su rostro irradiaba una paz inusitada en un hombre acostumbrado a vivir la tensión de su oficio.

Ella volvió al ático según cuentan quienes la vieron por última vez. Y ya no se la vió más.

Cuentan que la joven  recibió una visita aquella noche, que bien pudo ser la del inspector, ya que desde entonces tampoco se le volvió a ver.

Ello desencadenó que la gendarmería entrará en aquel ático días después.

La investigación nunca reveló que fué de ella o del inspector, ni de aquellos que misteriosamente desaparecieron del barrio tras visitar la casa.

Pero se cuenta que cuando entraron, todo era aparentemente normal, hasta que minutos después de empezar a revisar la casa en busca de pistas, … las flores empezaron a exudar gotas de agua como lágrimas, para acabar marchitas, secas y grises.

Seguidamente se desató una gran tormenta eléctrica que oscureció París, rugiendo los truenos al ritmo de cada relámpago.

Los agentes permanecieron petrificados  frente al ventanal de la terraza observando tan mayúsculo espectáculo, anonadados por la imagen tan tétrica de la ciudad y los rayos que llovían sobre ella.

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Aquella tempestad duró poco más de media hora, para después abrir pasó a un sol radiante.

Sin embargo, las estanterías  aparecieron cubiertas de polvo, y los libros  semiraidos.

Lo mismo sucedió con el resto de muebles,  y el suelo de madera antes impoluto, apareció con moho y semiastillado.
Las paredes antes blancas, lucían grises, sucias y con desconchados.

Era como si aquel  espacio hubiera estado abandonado por décadas.

Los agentes incrédulos, no salían de su asombro, toda vez que un frío mortecino recorrió sus cuerpos y que un olor nauseabundo inundara el ambiente.

Los agentes aterrorizados salieron despavoridos del lugar, no sin antes
precintar la puerta y el acceso a las escaleras del rellano inferior.

Esa noche, un incendio calcinó el inmueble sin saber como pudo originarse, dejando el edificio para derribo.

Realojaron al resto de vecinos, y en el lugar donde hubo un inmueble, se convirtió en un solar abandonado.

Para unos el lugar estaba maldito,  para otros se convitió en un espacio sagrado.

Hoy día, en dicho solar y una vez al año, surgen miles de flores de cientos de colores y tamaños, que duran solo ese día.

Nacen y crecen de buena mañana al alba, y al atardecer se secan poco a poco hasta convertirse en cenizas.

Este hecho es objeto de investigación científica,  pero no hay forma de tomar muestras, pues al tocarlas, se marchitan inmediatamente y desaparecen.

La tierra no arroja ni sedimentos ni restos, y los científicos no tienen explicación al misterio.

Nunca se sabe qué día del año será en el que florezcan, y lo único tangible que se puede tomar de dicho fenómeno, es su perfume.

Foto ©Nuria

Los vecinos del lugar dicen que el perfume embriagador les recuerda  a Amin 

…y que dicho día cuando aparecen las flores, suceden cosas mágicas en París, ..como  que nadie muere,… o que, con cada nacimiento, los padres reciben anónimamente un ramo de flores y un libro.


©ViajeaIxtlan.com

Todos los derechos reservados


PD. A día de hoy, sigo sin comprender bien que tipo de asociación hice para escribir este microcuento de París y tu foto.

Gracias Núria Pvdvcnt 😉

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