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La Quinta Esencia

Hace 2500 años , cuenta la leyenda que un joven de una humilde aldea pérdida de la China central, harto de la vida rutinaria del campo y cansado de la poca inquietud intelectual y espiritual de sus vecinos, consultó al maestro de la comunidad sobre qué camino debería tomar su vida para alcanzar el poder de la plenitud.

El maestro, ante la actitud pretenciosa e insistente del joven, le conminó a dominar alguno de los 4 elementos de los cuales la natura está formada. Para ello, habría de viajar a buscar al maestro de cada uno de ellos en cada uno de los confines de Norte a Sur y de Este a Oeste.

Busca al maestro de alguno de dichos elementos, elije tú cual, aprende de él, domina su técnica, y cuando la hayas aprendido, utilízala para dar forma al poder que tanto ansías, y así descubrirás la Quinta Esencia 

Los cuatro elementos, son , la tierra, el agua, el aire y el fuego
Sin embargo, he de advertirte, que el poder de la plenitud, solo está al alcance de personas sencillas, que abandonan toda ansia de poseer. Así es el Tao, es el camino de la forma, sin forma.

El joven, tomó sus pertenencias, y se encaminó hacia el Oeste, hacía las tierras del Fuego. Tras el largo viaje, se asentó en un pequeño reino de Oriente Medio, rodeado de desierto.

Allí los días, abrazaban temperaturas capaces de fundir el conocimiento de las personas, y por las noches, las mismas, descendían como para congelar el poco agua de aquel inhóspito lugar.

 Por ello, dominar el fuego por las noches era crucial para sobrevivir, y durante el día, para saber buscar el cobijo de la sombra y soportar aquel infierno. 

Allí tomó lecciones del Rey, y así aprendió la técnica de dominar el arte del Fuego y como atemperar los cambios de temperatura.

Un buen día, desde el Sur, asomaron grandes nubarrones. Estallaron por aquel reino durante meses y convirtieron aquel desierto en un vergel, creando así la civilización mesopotámica, y el paraíso de lo que hoy sabemos que fué Babilonia.

Ofuscado porque el Fuego fue dominado por el Agua, retomó su viaje yendo al sur de Asia. Se instaló en un monasterio de la India cercana al Ganghes. De sus maestros aprendió como manejar el agua en los monzones, para el cultivo de arroz, como crear embalses y aprovechar toda la potencialidad, como crear, molinos, canalizaciones, sistemas de defensa, etc. 

Sin embargo, cuando creía que el Agua era el elemento elegido, sucedió algo aparentemente inaudito. Al día de llegar el Monzón, esta pasó con muchas nubes, pero también de mucho viento, por lo que las nubes pasaron sin dejar caer ni gota. Fueron tres años de Monzones sin agua, pero con mucho viento.

Desalentado, retomó sus cosas, y anduvo al Este, a las tierras del Aire.

 Cruzó el mar de la China hasta llegar a una de las islas más lejanas, donde vivía un antiguo aborigen que se decía que tenía cientos de años. En aquella pequeña isla, pasó más de una década intentando comprender cómo dominar dicho elemento y cómo utilizarlo en sus ansias de poder. 

Pasado un tiempo, comprendió, que en un lugar tan remoto y pequeño, no iba a conseguir aquello que pretendía ya que no habían tierras a conquistar. Lo cual le llevó a estimar, que quizás fuese el último elemento, el que atesorara el poder definitivo.

Imagen de Pexels en Pixabay

Así que de nuevo reinicio el viaje hacia las tierras del Norte, donde a orillas de las cordilleras de Mongolia, había un pequeño Santuario  que hacía de entrada a una extensa estepa.

En dicho lugar sagrado, una Sacertodisa era considerada la hija de la madre tierra. De ella aprendió durante años, que el elemento en si, adoptaba muchas texturas y composiciones, y que según su combinación, algunos alquimistas creían que de ella se podía obtener el elixir de la eterna juventud o la piedra filosofal.

Fueron años de formación, hasta que tomó conciencia, de que el elemento tierra de por sí solo, no tiene más poder que el que las personas quieran darle, ya sea oro, plata u otras piedras, pero que en el fondo no proveen más dominio sobre el conocimiento y la consecución de la plenitud.

Mayor ya, y vencido de sus pretenciosidades del inicio, decidió volver a su aldea.

Seguía igual de pobre, pero algo había cambiado. No era la aldea, …era él.

Apreciaba cada rincón, cada actividad, los campos labrados, los establos, aquellas chozas de barro y caña, sus gentes sonrientes, en paz y comunión con su medio.

Fue al pequeño monasterio de la aldea, a visitar al monje que le inició en aquella aventura. En parte estaba muy enojado, pues pensaba que le había engañado y había desaprovechado gran parte de su vida en años de viajes, penurias y esfuerzos en vano.

Cuando llamó a la puerta, apareció un monje joven. Al preguntarle por su maestro, el joven le indicó que murió unos años atrás.

Triste y desazonado, con cierta mezcla de reproche y desasosiego, dió media vuelta para irse. Sin embargo, el joven monje lo detuvo y con una inusitada amabilidad y compasión, le dijo que tenía una cosa para él.

Fue hacia dentro del recinto y volvió enseguida con una carta, la cual le entregó.

Su maestro, antes de morir, me dijo que vd. volvería. Me dió esta carta para que se la diese, y que un servidor se convirtiese en su aprendiz, pues en breve alcanzaría la maestría de la plenitud y descubriría la Quinta Esencia.

El hombre desconcertado, tomó la carta y volvió a su antigua choza. Una vez allí, abrió la carta y que decía así:

*Querido amigo…., A buen seguro en estos momentos estás desconcertado. Quizás incluso te quede algún arrebato de odio o de ira hacia mí. No te lo reprochó, lo entiendo.
Quiero hacerte un regalo. Al final de la aldea, hay un establo al lado del estanque. Las vistas son maravillosas. En los amaneceres los rayos de sol son como un manto de naranjas sobre el agua, la brisa de la mañana te traerá el olor suave de los bancales de té, y por la tarde la profundidad del revoloteo de los pájaros tejen una sinfonia inigualable.

En el establo encontrarás lo que llevas años buscando.

Disfrútalo.

 Y compártelo con el joven que dejo a tu cargo. Es inquieto y avezado, muy parecido a ti cuando eras joven. Sabrás que hacer con él.

Mi cuerpo se irá, pero yo seguiré aquí. Así es el Tao, así es el camino de la forma sin forma.

Un abrazo. Nos sentimos en breve*

Desconcertado más aún por la misiva, y algo contrariado, puso rumbo hacia aquel establo. La curiosidad era demasiado poderosa. El lugar era idílico, tal y como había descrito el maestro, y pensó que quizás dentro del establo encontraría esa Quinta Esencia o la forma de conseguirla. 

Sin embargo al entrar, el espacio estaba sucio y abandonado. Era un pequeño taller sin uso desde hacía años. Había un horno hecho de piedras, una fragua, diferentes accesorios de metal, un torno de alfarería, y un sinfín de aparejos mecánicos.

De nuevo se sintió estafado, y  volvió a  casa tremendamente enfadado ante lo que consideraba la última tomadura de pelo de su antiguo maestro.

Pasaron los días, y cuando el malhumor se hubo atenuado, paseando por la aldea se detuvo ante el establo. Dubitativo decidió  entrar de nuevo, ….mientras pensaba que hacer con todo aquello.

Empezó a limpiar y restaurar el espacio y toda aquella maquinaria. Le llevó varias semanas, pero al final quedó totalmente operativo.

Cuando todo estuvo restaurado, se interesó por cada uno de los aparejos y elementos que había, y descubrió que muchos de ellos le eran familiares.

Imagen de Pexels en Pixabay

Encendió el horno, puso la fragua en marcha, el torno de barro, etc….y empezó a experimentar. Con tierra y agua, censó el mejor barro para fabricar objetos de alfarería. Con el fuego, materializó las mejores cerámicas. Con la alquimia de la tierra y el fuego, creó cristal e insuflando aire obtuvo toda suerte de figuras y recipientes.

La belleza y pulcritud de sus objetos, eran extraordinarias y fueron conocidas y codiciadas por reinos de todos los confines.

Así aprendió, que la Quinta Esencia está en darle forma a la no forma,   para así obtener la plenitud de crear belleza y sentido a tus conocimientos.

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