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La Posada del Roble

En tierras de Don Pelayo a la lluvia fina o el calabobos, lo llaman orbayar.

Esta lluvia constante, reblandece el camino de los peregrinos, ofreciendo un descanso a las ampollas tras los tramos empedrados.

En ocasiones el tiempo se borra del sentido espacio-temporal, y la imagen que se dibuja a nuestro paso es la de la infinidad. 

Todo está vivo. Todo tiene una historia, un sentido o un porqué. Un árbol, una senda, un puente, un adoquín, o simplemente los claros oscuros que el sol ofrece entre nubes.

Se pueden describir muchas cosas, pero la emoción del momento está a cada paso y en cada detalle del camino. Y eso,…no se puede atrapar. Solo puedes sentirlo. Son puntos fugaces, como las estrellas de San Lorenzo.

El cansancio del camino es una nimiedad frente a tantas maravillosas e increíbles vivencias del mismo.

Siempre hay un temor en el peregrino, que es, no poder continuar el viaje por impedimento físico.

Por ello, las gentes que viven a la vera de los diferentes caminos de Santiago, son gente afable y que te proveen de todo lo que precises para que sientas la magia del viaje.

Cuentan que hay una posada al final de uno de los tramos más largos del camino, donde el tiempo no pasa.La Posada del Roble

Una casa grande empedrada, a la vera de un riachuelo al cual se accede por un pequeño puente de madera vieja.

En su interior, el salón te transporta cientos de años atrás, con sus mesas y banquetas de roble, en el techo unas ruedas de carro hechas lámparas que ofrecen una luz tenue, un olor suave a comida de orza, y un sinfín de detalles que embriagan historia pura.

Dicen que dicha posada, la creó un peregrino siglos atrás. Cuentan, que dicha posada era un establo abandonado y semiderruido, pero que mantenía el techo de tejas intacto.

Aquel peregrino, tuvo la desgracia de hacer el camino a solas. 

Orbayaba insistentemente, y quiso cruzar el riachuelo para llegar a ese establo que le diera cobijo de la lluvia.

La mala suerte quiso que aquellos pies calados y endoloridos, se quebraran al resbalar entre las piedras del riachuelo.

Como pudo y arrastrándose, llegó al establo. Permaneció muchos días abandonado, sin que otros peregrinos percibieran que al otro lado del riachuelo hubiese alguien.

Llovió una semana seguida, y allí permaneció en aquel rincón. Hasta que un día salió el sol.

Con las piernas destrozadas, se arrastró fuera de la casa y aguardó el paso del primer peregrino para pedir socorro.

Finalmente, perdió una pierna, y la otra maltrecha de por vida.

Tras ser curado y atendido durante meses en un convento cercano,  lejos de abandonarse a la frustración y la desgracia, volvió a aquel establo y allí se afincó.

Su oficio; carpintero. Poco a poco, primero construyó un puente de madera sobre el río en el que cayó. Posteriormente restauró aquel establo en una posada, donde los peregrinos tuvieran cobijo y comida.

Fue sabedor que jamás podría acabar el camino de Santiago,…pero sí, que podía formar parte del camino.

Esta posada ha recibido a miles y miles de peregrinos a lo largo de la historia,….todos ellos irradiando las bondades y bellezas del camino, quedando impresas en cada centímetro de piedra de la casa, en cada trozo de madera, en su ambiente, en su entorno.

Es tal la fuerza y la energía que desprende dicho establo, que cuando entras, extrañamente sientes que has llegado a casa.

Cuando aquel hombre murió viejo ya, varios peregrinos recurrentes, decidieron llevar su cuerpo hasta Santiago.

Cuentan que cuando llegaron a las puertas de la catedral, se desató una monumental tormenta, con mucho viento y granizo. Los peregrinos  vaciaron la plaza buscando refugio, dejando abandonado el carro dónde estaba el ataúd del posadero.

El viento formó un gran remolino en medio de la plaza, y se acercó lentamente al carro. Suavemente lo invaginó en su centro como si se abriera una puerta en esa espiral de aire. Y empezó a elevarse hacia el cielo, ascendiendo carro y remolino hacia el infinito para despues desaparecer. Al mismo tiempo, dejó de llover, desaparecieron las nubes, y salió un sol como jamás antes  hubiese visto nadie del lugar.

Aquel día, cuentan que en la posada, se desató una tormenta repentina y extraña. Dicen que se oía la lluvia repiquetear violentamente sobre el tejado, creando una tensión silenciosa entre los presentes. Fué disminuyendo la intensidad de la lluvia, pero se azuzó el ulular del viento que parecían gemidos de dolor.

Fueron solo unos minutos, que terminó con un gran estruendo que hizo temblar la posada de arriba a abajo.

Tal fue el susto, que los peregrinos allí hospedados que observaban atónitos y en silencio tan singular y rara situación, salieron despavoridos de la Posada…La Posada del Roble

Al salir, ya casi no llovía, el cielo aparecía  radiante….y todos se frenaron delante de la Posada boquiabiertos.

A pocos metros, entre la Posada y el puente de madera que construyó aquel peregrino, había aparecido un Roble imponente, de dos metros de diámetro, y el más alto del lugar.

Aquel roble, sigue estando allí, dando la bienvenida a todo peregrino.

(Cuentos para el Camino de Santiago)

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