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La Niebla

La mañana se alzó gris. Una bruma densa inundaba el porche de una casita de madera de aquel valle.


Lejos de toda civilización, allí vivía una joven desde hacía más de un año. Nadie sabía de dónde había venido ni quién era, y muy pocas personas habían tenido la ocasión de verla, excepto el cartero que hacía reparto por allí una vez al mes, y algún que otro repartidor que cada viernes de semana pasaban a llevarle comida y otros menesteres.

Foto de Martin Damboldt en Pexels

Ella, acostumbrada a sus rutinas, y evadida del mundo profano, solía salir todos los días, siguiendo la senda del camino que acaba en su casa y que continuaba por un estrecho margen donde los vehículos no podían pasar.

El camino que llegaba a su casa era de piedra fina, fruto de la erosión de las rocas que bordeaban el valle. Los días de lluvia, de las grietas de dichas rocas, brotaban pequeños torrentes de agua que cruzaban la calzada de uno al otro extremo y discurrían ladera abajo, para encontrarse con cientos de torrentes más, que nutrían el lecho de un riachuelo.


El sonido de las mañanas, entre el trinar de los jilgueros y las cascadas de agua, configuraban la sinfonía de la naturaleza llena de vida. El trepar sibilino de las ardillas, los saltos encogidos de los conejos, el ulular del viento sobre chopos y abetos, y musgo, mucho musgo, que mullidos al pisotearlos ofrecían el suave olor a tierra húmeda.


La carretera sinuosa, bordeaba la ladera de la montaña entre un mar de bosques. Y el olor a mañana fresca, una bocanada de aire tamizado con olor a zarzamoras que rellenaban los recodos de las curvas.

 

Ella, bajaba por este camino todas las mañanas, disfrutando de las sensaciones de aquel paraje, de sus olores, y de los rayos de sol que atravesaban algunos claros del descenso.


Solía llegar hasta un pequeño puente de piedra, y tomaba con cuidado, una escalera de metal que estaba en un lateral. Dicha escalinata, pasaba haciendo una L por debajo del mismo puente, hasta llegar a orillas del riachuelo donde había una plataforma cuadrada. En ella se sentaba en su borde con suma delicadeza, y dejaba colgar sus piernas al río, cubriéndole de agua hasta los tobillos.
Allí chapoteaba y se dejaba sentir por el torrente frío de la montaña. Los escalofríos le erizaban la piel a la vez que el sol alimentaba su delicada y morena piel.

Solía estar una hora, y después, con tiento, retomaba los pasos de la escalinata y el camino de piedra fina, hasta llegar a su casa.

Por las tardes, tras la obligada siesta, solía ir hacia arriba por el camino de tierra. Dicho camino lo tomaba inicialmente por un borde, extendiendo un brazo a media altura para ir sintiendo el follaje de las plantas de heno a su paso.

Foto de VisionPic .net en Pexels


La subida era suave, y al poco tiempo dejaba atrás los bosques del valle para convertirse en prados a campo abierto. En la ascensión, los sonidos variaban. Además del zumbido de la primavera, algún que otro mugido y sonido de cencerro vagaban por el viento. También la brisa tenía su canto.


Cuando el camino se estrechaba para ser solo senda, abría ambas manos para sentir los lindes, dejándose acariciar por él follaje.


La ruta acababa frente a un acantilado desde el que se gobernaba todo el valle. A puertas del acantilado existía una pequeño muro de un antiguo torreón vigía. La joven cuidaba sus pasos al llegar, pues el heno acababa pocos metros antes, y con paso firme pero cuidadoso llegaba al muro del torreón y la recorría por su lado derecho hasta encontrar una obertura que indicaba el final del mismo…..y allí se arrodillaba, y podía blandir su largo pelo al viento que soplaba desde el valle . Solía dejar caer las piernas al vacio, y así, se notaba volar.


Los sonidos desde aquella altura se reproducían en ecos que se sincronizaban armónicamente, creando una ópera de voces incomparable. Podía pasarse horas.

Luego se revolvía sobre sus pasos, con igual cuidado, hasta volver a su casa.

Aquel día, la densa niebla era tal, que apenas había visibilidad más allá de medio metro. Era día de reparto, y como de costumbre tras la caminata matutina solía recibir al cartero y a la furgoneta del mercado del pueblo más cercano que distaba 30 km. Pero recibió una llamada de teléfono indicándole que debido al mal tiempo, ese día no pasarían y que lo harían al día siguiente.


A veces estas cosas pasaban cuando se vivía tan aisladamente.
Aquello no perturbó ni lo más mínimo a la joven, que siguió su rutina diaria, y por lo que supuso que tampoco vendría el cartero, como solía hacer cada Viernes.

Aquella tarde tras la siesta vespertina y el paseo que solía hacer montaña arriba, al llegar a casa, se despojó del chubasquero y la ropa, y se dió una ducha caliente. Otro de los placeres de los que gustaba darse tras las caminatas.

Toda vez estaba acomodada de nuevo y dispuesta a escuchar un podcast del libro que estaba leyendo, se oyó la llegada de un coche.

Extrañada, se dió cuenta de que era el cartero. Jamás había hecho reparto por las tardes. Sonó la campanilla de la puerta, y una voz que decía:

  • Señorita Amanda….soy Leandro el cartero.

Ella reconoció la voz del cartero, un hombre de mediana edad, siempre atento y discipliente, con el cual alguna vez había conversado en el porche de la casa.

Amanda, que así se llamaba la joven, le abrió la puerta y le invitó a entrar.

  • Pase, pase…Sr. Leandro….,pero como usted aquí a estas horas?
  • Gracias….pero no me entretengo mucho, que está a punto de caer la noche y con esta niebla es muy peligroso. – contestó vacilante
  • Ah…claro. Lo comprendo – respondió ella – ¿Pero a qué se debe su visita?
  • Pues….a traerle el correo. Bueno realmente, …no es una carta. Es…bueno… – Leandro balbuceó por instantes, mientras se le hacía un nudo en la garganta y se le quebraba la voz

  • Leandro, ….tranquilo…respire. – le contesto la joven con serenidad – …no hacía falta que hubiese venido usted hoy con el tiempo que hace….podría haber venido mañana.

  • No, no, no….es importante. Y…y …tenía que traerlo. – seguía inquieto el bueno de Leandro.
  • Bueno, vale. Ya está vd aquí. – Intentó serenarlo
    El cartero titubeaba, como los niños cuando hacen maldades y les toca confesar.
  • Si. Es..es… es un telegrama con acuse de recibo, …y…y… como tal…he de leérselo. – el hombre estaba medio acongojado.

Foto de cottonbro en Pexels

Se hizo un espacio de silencio solo roto por el chisporroteo del fuego de la chimenea. Fueron unos segundos que parecieron un eternidad para el pobre Leandro. El sabía lo importante que podía ser para ella el contenido del telegrama. Una atmosfera extraña, tomó la habitación. Por momentos, el cartero estaba a punto del desmayo, mientras la cabeza no paraba de darle vueltas.
Medio desencajado, echó mano del portafolios para sacar la misiva. Las manos le sudaban y temblaban. Y lentamente sacó la tableta con el telegrama dispuesto a comunicarle su contenido.
Ella en un rápido ademan, alzó su mano en señal de que se detuviese.

  • Está bien, Leandro. Está bien. – contestó dulcemente la joven …gracias por venir, pero no hace falta que me leas el telegrama. – Leandro, con ojos tristes y nada sorprendido, amagó la tableta en el portafolios – Ya sé lo que dice, y…no pasa nada.
  • …pero,…si no se lo he leído?…. – Leandro estaba roto de dolor.
  • No hace falta, buen hombre – respondió Amanda en tono conciliador. – Solo sintiendo su voz, su sentir, ya sé cuál es el contenido del telegrama. Y quiero decirle, … que… lo celebro.

Leandro estaba confuso. Pero ella, irradiaba una paz en sobremanera. Estaba iridiscente, emanando luz de sus preciosos ojos negros, junto a una gran sonrisa se dibujaba en su rostro.

Con suavidad ella extendió los brazos, tomando en sus manos las mejillas del cartero. Olían a canela, y eran suaves como el algodón. Acarició con sus dedos la piel de su cara, y acercándose al oído, le susurró:

  • Desde que vivo aquí, he podido sentir la vida, la naturaleza, como nadie antes. Y también puedo sentir a las personas como ningúna otra. Siento día tras día, una belleza infinita a mí alrededor. Algo que jamás había tenido ni disfrutado. Es por eso, que nada de ese telegrama me haría sentir lo que ya siento, ni me mostraría la infinidad de la que ya percibo.

El hombre, abrumado, sonrió y relajó la tensión que mantenía.

Ella le besó la mejilla y le indicó que volviera a casa con su familia antes de que la niebla y la noche cayeran más.

El cartero emocionado, con los ojos húmedos, le agradeció sus palabras, le prometió volver el Domingo para traerle la tarta estrella de su mujer.
Amanda se lo agradeció, y Leandro dio media vuelta, y se fué.

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Telegrama
Remitente: Clínica La Esperanza
Asunto: Informe Clínico
Contenido: Estimada cliente. Tras los análisis, pruebas y estudios llevados a cabo durante los últimos años, la dirección facultativa, ha determinado, que oftalmológicamente su ceguera es un caso es irreversible, y por tanto no existe ni cura farmacológica ni quirúrgica. Atentamente, el Departamento de Investigación Oftalmológico.

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MORALEJA
Ninguna densa niebla, puede borrar la belleza de la vida.
Porque la belleza no es algo de ver…, sino de SENTIR.

(Cuentos para el Camino de Santiago)

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