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La Casa del Buen Yantar

La Felicidad es una mariposa, que si la persigues siempre está justo mas allá de tu alcance. 
Sin embargo, si te sientas en silencio, …. puede posarse sobre ti.
Anónimo

En las visitas de trabajo que hacía en Barcelona, solía parar en una Taberna regentada por un emigrante canario donde los hubiere. Allí solía comer muchas veces, o bien a tomar café por las mañanas, haciendo un alto a hurtadillas entre paciente y paciente.

La Casa del Buen Yantar
Imagen de Kerstin Riemer en Pixabay

Tras los años, hubo cierta sincronía entre aquel afable hombre de mediana edad, y un servidor. La inquietud de su espíritu, contrastaba con la de su quehacer diario. Lejos de ser un abandonado, realizaba sus tareas de forma pausada, casi parsimoniosa, pero con una pulcritud y honestidad que iba más allá del detalle.

Su cocina era envidiable. Se denotaba un hombre de mucha cultura, a vueltas de una vida ansiosa, frugal y volátil como la que nos rodeaba. Un hombre de mundo, que había sido viajero, conocedor de los valores más intrínsecos de todos los lugares por donde pasó.

De aquellos vericuetos aprendió mucho arte culinario, dónde lo sencillo, lo tradicional, lo auténtico, se gestaba en un simple gazpacho o una crema de calabacin.

Para algunos de sus clientes, acostumbrados al trajin de los bares, los restaurantes de polígonos o los locales de comida rápida, su carácter tranquilo les incomodaba. Pocos apreciaban el lujo de un espacio cuidadamente diseñado, sóbrio y elegante, moderno y tradicional a la vez. Un espacio en definitiva, dónde se respiraba quietud, hogar, arropo y calor humano.

Él era el cocinero, el camarero, el conversador, el servidor, el guia, el amigo… Vivia justo encima de la taberna. Era casa y taberna todo en uno. Era su mundo, y en el reinaba.

Muchas fueron las interesantes conversaciones. Me describía su tierra natal, sus viajes, como conoció o trabajó este u otro plato, como se enamoró de la tierra extremeña y sus gentes,de Nápoles y su casco viejo, de donde decía que era el lugar más bello del mundo al cual un dáa se iría a vivir.

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Imagen de David Mark en Pixabay

Cualquier tema de conversación se convertía en un viaje hacia los sentidos. Describía pasiones, pintaba con palabras las emociones, curaba con adjetivos las quejas y los reniegos que a veces yo le soltaba, dándoles siempre una perspectiva más profunda, una visión más confortable.

Lejos de querer negar la realidad de un mundo volátil, me mostraba lo insondable de los detalles, lo eterno del momento, y la gracia del día a día.

Así era también su comida, una alegoría a aquello que conforma nuestro ser.

“Cuanto comes, eres”, solía decirme.

Aquel hombre, cuyo nombre no recuerdo, nunca tuvo una mala palabra con nadie, era sobrio y recto, amigo de la honestidad, y que decía cuanto sentía.

No solía tener mucho trabajo, pero los que  acudíamos, éramos clientes de culto.

De vez en cuando, aparecían grupos de trabajadores de todo tipo, con monos de trabajo o bien trajeados y encorbatados. A estos se les notaba la impaciencia por el servicio, el ansia por los menús tan poco convencionales,… y en ocasiones requerían con cierto desagrado una mayor celeridad en el servicio. Esto era de lo poco que le sacaba de quicio, y a pesar de todo y sin perder la compostura, continuaba su servicio sin acelerar el paso ni lo más mínimo.

Curiosamente, nunca llegué tarde a mi trabajo, ni nadie que yo supiese de los que allí habitualmente acudíamos, porque pese a ese servicio tranquilo, uno era capaz de comer sin prisa, y acabar con tiempo suficiente como para volver a nuestro puesto.

El tiempo era algo que en la Taberna se transformaba y  se hacía como más lánguido.

Este hombre me enseñó con sus actos, que la prisa no determina acabar antes, ni mucho menos, mejor.

Entre las muchas conversaciones que mantuvimos, siempre había algo que giraba en torno al hecho de  vivir,  y que para él significaba … disfrutar.

De otro modo, la vida no tendría sentido y hubiésemos sido piedras -según me confesaba.

La Casa del Buen Yantar
Imagen de wileydoc en Pixabay

A veces, me decía a modo  confidencia , …»ahí viene una piedra» cuando entraba algún cliente con  pinta de ansia. No había recelo en el comentario, más bien era un gesto lastimoso de quién se aflige por lo que otros sufren. Él les atendía con el mejor ejemplo, …su calma.

Fué una época en la que aprendí de él, el valor de la sobriedad como respuesta al caos.

Más adelante, ya adentrados en los tiempos de “crisis”, el negocio también se vió  resentido, aunque resistía. Lo que más le afectaba quizás, era, la actitud pesimista de todo el entorno, la desesperanza de la gente y la sinrazón de un sistema de valores que se perdía una y otra vez en cada una de las capas sociales del país.

Asi veía que la Felicidad se le escurría a las personas, y que estas no hacían nada por retenerla, solo lamentarse por lo perdido y abandonarse a la añoranza para que los buenos momentos volvieran.

Este hombre nunca pretendió cambiar el mundo, más bien siempre se ocupó de cambiar el suyo, toda vez que hubiese cumplido propósitos o necesitara nuevos campos de exploración.

Tras las vacaciones de verano, en mi primer día de vuelta al trabajo, y disponiendo de tiempo antes de la primera visita,  decidí pasarme a tomar café con mi buen amigo.

Deseaba saludarle, presentarle mis respetos, y obtener de él esa mirada clara y cristalina a través de sus ojos azules, de gesto cariredondo, cabello ceniza y esa sonrisa generosa que me alegraba tanto el corazón.

Pero al llegar a la altura del local, la persiana de la puerta estaba bajada. Y en el gran ventanal contiguo que llevaba serigrafiado el nombre de la Taberna dónde se podia ver el  hall y la barra, había un cartel de grandes dimensiones escrito con rotulador que decía lo siguiente:

               CASA DEL

BUEN YANTAR

            Perdón por la interrupción del servicio,

la cual es debida a la ausencia

de vuestro amado y a veces

incomprendido servidor.

Marcho a buscar la Felicidad.

Si no la encuentro…

¡Volveré!

No supe más de él. Pero sé, que la encontró.

Septiembre, 2010


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